Y dijo: Vamos a morir todos.
Lo innegable aplasta el esfuerzo por sostener el peso de la irracionalidad sobre nuestros hombros.
Pensamos que haciéndo bromas al respecto y dejándolo pasar desaparaece, pero lo único que hacemos es engolar la necesidad humana de caer en el pesimismo de nuestro propio destino, que aflora en el murmullo de las rocas.
El destino siempre es trágico. No existe el final que las superproducciones americanas te intentan vender. Pero si el trayecto.
El viaje.
Los sentimientos se palpan a través de las acciones, el deseo se hace carne en la absurdez de la llaga abierta.
Nada deja de existir porque tú no puedas dominarlo.
Tu piel se pone en contacto con tu piel, tus párpados chocan con timidez, tus pies se rozan con firmeza, intentando ocultar que tu flujo vaginal resbala por tus muslos sin que puedas hacer nada para evitarlo.
Las perífrasis verbales son insuficientes para expresar la no acción o la acción de no hacer nada.
Buscas en el fondo, pero el caparazón es demasiado duro.
Sabemos como se creó el mundo pero no queremos descubrir cuando se acabará, y desde luego, nunca el cómo.
Preguntas preguntas preguntas ahogadas en un pequeño vaso de agua que demuestra la fragilidad del vidrio que contiene nuestra escasa existencia, devorada por una inmensa boca de ballena que intenta buscar hueco en la inmensidad del universo. Como si no cupiese.
Queremos negar lo innegable hasta el punto de necesitar meter nuestro dedo en nuestra propia llaga, y regocijarnos en nuestro propio dolor. Demostrando así que la profundidad de nuestra herida es más oscura que la del resto, sin darnos cuenta de que lo importante es que es diferente. La irracionalidad vuelve a rozar el cosmos.
Y sin embargo, me voy por los tejados como un gato sin dueño o como los versos de Joaquín, con el que tomamos excesivas confianzas, y que se convierten en el himno de los incomprendidos solitarios que buscan consuelo en vasos vacíos.
Y ahora, calla corazón, que tienes que morderte la lengua.
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