La complicidad la llamaban.
Era escuchar y entender.
Era entender y sentir.
Era sentir y hablar.
Era hablar y ser sincero.
Era ser sincero y aprender.
Era aprender y encontrar.
Era encontrar y estar agusto.
Era estar agusto y reír.
Era reír y llorar.
Era llorar y abrazar.
Era no tener que decir nada, porque no era necesario decir nada.
Tan solo mirarse y abrazarse.
Abrazarse era llorar, reír, estar agusto, encontrar, aprender, ser sincero, hablar, sentir, entender y escuchar.
La complicidad no conseguia todo esto porque ella era esto. No necesitaba fingir.
Las lágrimas son sus ladrillos. Y las risas. Y las miradas. Y las confesiones. Y las disculpas.
Y los abrazos... los abrazos su sello, que marcan con hierro incandescente en tu piel su nombre. Como Vulcano fragua el hierro en su fragua, nosotros fraguamos la complicidad en la piel que queremos, o que mejor dicho, necesitamos.
Por eso nos da lástima cuándo tenemos que dejar marchar a nuestro cómplice, porque lo hemos forjado nostros, entre los dos, con nuestros actos y nuestros sentimientos.
Por eso odiamos cuando se va y cicatriza.
Porque la cicatriz ya no quema cuando la tocas, y ya no se deja forjar más. Está acabada.
La complicidad necesita de un toque de fuego de vez en cuando.
No seamos estúpidos (para variar). No dejemos que la complicidad se seque.
POR FAVOR.

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