Una bailarina tiene que tener los movimientos fluidos,
incluso los más costosos tienen que ser fluidos,
ese es el duro trabajo de las bailarinas.
Tiene que ser muy flexible y muy fuerte
y delgada.
Excesivamente delgada y sin pecho.
Su estilo diario es revoloteado
porque cuando baila es demasiado meticuloso.
La música.
La música es fundamental.
Su cuerpo tiene que ser la música hecha carne.
Tchaikovsky
¿Quién si no? Tiene que ser él.
Está revoloteando en el escenario.
Revoloteando de una forma perfecta,
medida,
precisa,
correcta,
PERFECTA,
le duelen los pies.
Mucho.
Pero no se da cuenta.
Todo el escenario está oscuro excepto un cenital que la sigue
como a la protagonista de un cuento de Disney
rodeada de otras bailarinas que envidian su perfección
pero a las que no les duelen tanto los pies.
Lleva purpurina
y los ojos muy marcados
negros y azules
que contrastan con el impoluto blanco de su maillot y su tutú.
Porque obviamente, lleva tutú.
Pero no el clásico,
es uno más desperfecto dentro de su perfección circular
uno más... rebelde.
Como buen Tchaikovsky, empieza con movimientos lentos y fluidos
que se acaban convirtiendo en agresivos y tajantes.
Ella puede oir el sonido de las puntas en el linoleo, el resto el público no,
ellos están fascinados.
Y a ella le machaca el sonido desacompasado de una de ellas.
Sabe y siente la mirada acusadora de su profesora
y entonces, ese sufrimiento lo traslada a su personaje.
Que
se desata en una expresividad plena,
con los movimientos tan aprendidos y
mecanizados que no dejan lugar a dudas,
solo le invade la transición y
la sensación que le provocan unos movimientos impuestos,
realmente impuestos, que son una cárcel de la que no puede escapar
y no se sabe deshacer de ellos más que con los mismos movimientos una y otra vez,
una y otra vez,
una y otra vez,
una y otra vez,
cada vez más desgarradores y perfectos.
Es un bucle.
La pescadilla que se muerde la cola.
Es como un hamster en un laberinto,
no puede ir por otro sitio y sin embargo solo podrá salir de él si lo sigue.
Y así, cada vez el público conecta más con su dureza, su emoción y su movimiento.
La música ayuda,
ayuda mucho.
Está en trance.
Y el público... ese público de salón, ese público rancio
que solo va al ballet para tener una excusa para ponerse el abrigo de bison y presumir de pendientes recién comprados y luego hacerse la interesante en sus encuentros sociales.
Lo cierto es que han visto tanto ballet que con la excusa se han vuelto expertos.
Nadie sabe tanto como ellos de ballet.
Del ballet visto, no experimentado desde luego.
Ellos...
están sorprendidos.
Han visto demasiados ballets y Lagos de los cisnes para sorprenderse,
pero esa bailarina....
es tan perfectamente larga
y precisa...
alocada al mismo tiempo.
Dicen que en momentos de máxima necesidad hacemos cosas que jamás habríamos podido hacer en un momento cotidiano.
Ella lo está viviendo ahora mismo,
máxima adrenalina,
máxima necesidad,
máxima tensión y presión,
máximo calor.
El foco le hace sudar más de lo normal y le corre el maquillaje
pero al igual que el dolor de pies, ella no se da cuenta.
Ella solo intenta escapar,
y con tanta intensidad que nunca habia hecho un "pa debulé" tan amplio.
Pero ella tampoco se da cuenta.
Su profesora la envidia profundamente y sus compañeras también
pero a ninguna de todas ellas les han dolido tanto los pies....
¿El pelo?
parece no existir.
Mejor, así no le estorba.
Pero menea la cabeza como si con uno de esos tajantes movimientos pudiese soltarse ese moño...
tirante...
Si eso ocurriese... sería tan feliz... y tan... libre.
Tan bella y tan poco perfecta
que no volvería a bailar
¿para qué?
ya se habría liberado....
ya sabría que no lo volvería a necesitar.
.
.
.
Pero nunca a ninguna bailarina se le ha caido el moño.
Tienen que ser y son tan jodidamente perfectas que ninguna encontrará la verdadera belleza...
la de la imperfección, la de la realidad.
Y así la buscan atrapadas en su locura
por eso fuera de la sala siempre llevan el pelo suelto.
Porque la cabeza ya les duele lo suficiente en las aulas.
Si viese a una bailarina que se le suelta el moño y sigue bailando,
pero como lo siente de verdad,
sin una coreografia opresora,
entonces,
sabré que he visto danza.
Danza de verdad.
De la que sale de un espíritu humano
danza bella
y no perfecta
danza de la de verdad.
Acabaría la música,
miraría al público, sonreiría
y se le caería una lágrima de felicidad
al ver a un público desconcertado
y a dos personas de pie aplaudiendo como si no hubiese mañana.
Saldría hacia el público,
e iría hacia ellos
les saludaría de verdad, cerca, entrando en contacto con su piel,
y se iría
por la puerta del público.
Y un escalofrío le recorrería la espalda.
Gracias Julio, amigo mío.
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