Se comían por dentro.
Todo lo que no habían hecho fuera les comía por dentro.
Fuera, todo paciencia y arrugas de cuadros de Vela Zanetti. Dentro, la batalla final.
La desgarradora y maloliente batalla final.
Cama, gotero, camisón, ventana, esa horrible máquina que hace: pi-pi-pi-pi.
Y un cristal.
Un cristal que separa a la humanidad del terror de la verdad. Para que no sufra, o que sufra el triple cuando se lo encuentre de morros y empapado hasta el cuello. Empapado en su propia mierda.
Todos deberíamos estudiar medicina. Para al menos estar advertidos y poder decirnos a nosotros mismos el tiempo que nos queda. Porque prefiero ser frívola a partirme los morros contra mi autodestrucción.
Hay algo, ahí dentro, que se está automutilando, que está arrancando, masticando y rumiando tu propio contenido. Cómo si tu cuerpo quisiera consagrarte con la muerte más dolorosa y repugnante. Para convertirte en el mártir de tu propio esqueleto. Para hacer de tu cerebro el órgano más poderoso y menos útil de todos. Para hacer explotar tu colon repleto de cagada dentro de tí y que tus propios fluidos excretales lleguen a la punta de tus dedos, y a los agujeros de tu nariz, y a tus globos oculares, y entonces, tus ojos serán marron-excremento. Y Dolor tu jodido nombre.
Y mientras, el resto de la humanidad estará tras el cristal sin que ninguna gota de tu mierda le salpique. Pensando tal vez en lo maravilloso que es su cerebro, o hablando de su visión cubista del mundo. Ajenos a lo verdaderamente real. Su maldito y PERFECTO cuerpo. Que, de momento, no tiene que debatirse entre la autoregurgitación o la simple descomposición.
Y no te preocupes. Al parecer... las buenas personas tampoco se salvan.

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